REFUGIOS FLOTANTES, UNA EXPOSICIÓN DE ADRIANA GUTIÉRREZ MONTAÑO

    Fecha

    Horario

    De lunes a viernes de 10 a 21h

    Coordinadores

    Comisariado: Manuel Fernando Mancera Martínez

    Lugar

    La Transversal

     

    Refugios flotantes, de Adriana Gutiérrez Montaño, propone una ensoñación de territorios etéreos donde el refugio se piensa como estado emocional más que como lugar fijo. La exposición convoca una constelación de escenarios inertes, habitados por arquitecturas autoportantes y entidades domésticas que parecen haber perdido su esencia como entidad formal, pero no la memoria. En ellos se ensayan versiones posibles de nosotros mismos, como si cada pieza fuera un ensayo visual de quiénes podríamos llegar a ser cuando el mundo exterior se vuelve demasiado insólito. Esos espacios-refugio que son capaces de teletransportarnos con la comodidad de la entidad de una casa como cofre de protección y gestor de nuestra personalidad hasta lo imposible.

    Estos refugios se levantan como paraísos mágicos, no en el sentido de un edén perfecto, sino como espacios intermedios donde la realidad se mezcla con el sueño y la vulnerabilidad encuentra una forma habitable. Son territorios de reconstrucción onírica, en los que la artista juega a simular escenarios de una perfección íntima, diseñada a la medida de nuestras fragilidades. Allí, la lógica cotidiana se diluye y aparece una geometría reconocidamente improbable con umbrales a un metaverso deseable que nunca terminan de cerrarse.

    La idea de recinto protegido por las apariencias atraviesa la muestra como una presencia expandida: casa‑cuerpo, casa‑recuerdo, casa‑caja de Pandora. No se trata del hogar como destino definitivo, sino como entidad que nos protege mientras nos expone, cofre que guarda lo que somos y, al mismo tiempo, dispositivo que modela nuestra personalidad. En estas obras, la entidad de recogimiento se desancla del suelo y navega, se desplaza, se reconfigura; deja de ser un marco rígido para convertirse en herramienta de auto-narración, una superficie desde la que repensar cómo nos habitamos.

    Los refugios flotantes funcionan también como cápsulas de telépatas constructivos. Desde la aparente comodidad de su interior, nos permiten desplazarnos a otras versiones del yo, a tiempos que no ocurrieron, a escenas donde la herida se reescribe con otros matices. Son espacios-refugio que operan como cámaras de eco: amplificando deseos, miedos y nostalgias, pero los devuelven transformados, como si hubieran pasado por un filtro de amor suave que los hiciera asumibles.

    La exposición, como mirada, se convierte en esa canción de Alberto Cortez que nos teletransporta a los sueños. Cada obra plantea una pregunta sobre qué decidimos conservar cuando todo a nuestro alrededor cambia, qué formas de cuidado diseñamos para no perdernos del todo. Y, casi al final, cuando los refugios parecen alejarse lentamente, queda la intuición de que tal vez no flotaban sobre un paisaje externo, sino sobre nuestro propio interior: un archipiélago sensible donde, a pesar de las tormentas, todavía es posible encontrar una orilla diminuta, luminosa, que susurra: aquí, por un instante, puedes quedarte.

    Manuel Fernando Mancera Martínez

    Comisario