Panteón de los sevillanos ilustres
EL PANTEÓN DE LOS SEVILLANOS ILUSTRES.
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Texto: Federico González Domínguez, miembro de PAS.
Fotografías: Antonio González García, profesor titular de la Facultad de BB.AA.
En la calle Laraña, bajo el Templo de la Anunciación, la Facultad de Bellas Artes acoge el Panteón de los Sevillanos Ilustres.
Para acceder a él, se pasa frente a la puerta lateral de la iglesia, de estilo renacentista, obra del arquitecto Hernán Ruiz II, con fecha tallada de 1568, que alude a la fundación del Templo de la Compañía de Jesús.
En 1767, tras decretar el rey Carlos III la expulsión de la Compañía de los territorios del reino, el asistente Pablo de Olavide, erigido portavoz de los ilustrados sevillanos, solicita la reutilización de la Casa profesa para fines civiles. Y por Real Orden de 1768, verificada en 1771, se asigna la antigua Casa como sede de la Universidad Literaria, origen de la actual Universidad de Sevilla, y su iglesia para que en ella se celebren los actos públicos. Asimismo, una parte considerable de las obras artísticas allí contenidas constituirán el núcleo del Museo de Bellas Artes hispalense.
Entrado el siglo XIX, el daño ocasionado por las tropas napoleónicas en los conventos sevillanos de Santiago y San Agustín, movieron al Deán López Cepero y las autoridades de la Universidad al traslado de los restos de las personalidades allí enterradas al Templo de la Anunciación, iniciativa que tendría continuidad y haría de la reestructuración y protección de la cripta un problema por resolver.
En la década de los setenta del siglo XX, promovida por el director general de Bellas Artes, D. Florentino Pérez Embid, se realizaron las obras que dejarían la cripta en la localización y con la imagen actual, incluida en el recinto de la Facultad de Bellas Artes.
Traspasadas un par de cancelas y descendidos los escalones que conducen al sótano, se llega a la entrada del Panteón. Un nuevo descenso por escalones de mármol negro, entre tableros de mármol blanco, y, al fin, la cripta, con forma de cruz latina, techumbre abovedada, mármol grisáceo en las paredes y de un salpicado rosa en el suelo.
En lo más próximo, se encuentran las lápidas conmemorativas de los Ponce de León, encabezadas por el escudo heráldico de esta familia, que debió el incremento de su fortuna y poder al apoyo prestado a los Trastamara, primero, y a Isabel la Católica después, destacando su participación en la conquista del reino nazarí.
Al frente, en el muro, un hermoso bajorrelieve renacentista en bronce, que estuvo en el Templo de la Victoria de Triana hasta 1840, rememora a sus fundadores, D. Francisco Duarte de Mendicoa, proveedor general de las armadas y ejércitos, militar navarro destinado en Sevilla, donde vivió hasta su muerte en 1554, y su esposa, Doña Catalina de Alcocer, en actitud orante. Viste el caballero primorosa armadura; en el peto, al igual que en el escudo heráldico, resalta el águila bicéfala de los Austria. Descansan las cabezas de los esposos en almohadillas y los pies en expresivos leones.
En el piso, dos sarcófagos de piedra muestran las figuras yacentes de Lorenzo Suárez de Figueroa y Benito Arias Montano.
Trigésimo tercer maestre de la Orden de Santiago, destacado militar en la expansión castellana hacia el oriente andalusí y fundador del convento sevillano homónimo, falleció el maestre en 1409. A sus pies figura un perro, con un collar en el que se lee la inscripción Amadis Amadis, en caracteres góticos, que, en opinión de historiadores, evoca al fiel can que en verdad poseyó.
Benito Arias Montano, nacido en Fregenal de la Sierra en 1527, es representado vestido y tocado con ropaje y birrete eclesiásticos, sosteniendo un libro entre las manos. El gran humanista, cuyo saber abarcó la filología semítica, griega y latina, filosofía, teología, medicina, matemáticas, botánica y física, después de su participación en las sesiones Concilio de Trento, fue designado para dirigir las correcciones e innovaciones de la Biblia Políglota Complutense, que dio como resultado la llamada Biblia Regia, y de Amberes, porque allí se realizaron los trabajos y se imprimió, en el afamado taller de Plantin.
El profundo conocimiento adquirido durante su estancia en los Países Bajos, vuelto un complejo avispero en el que se consumían las energías y recursos del imperio español, movió al requerimiento del rey Felipe II, que lo nombró confesor y capellán, más propio decir consejero, sacándole una vez más de la peña onubense que lleva su nombre, donde encontraba la paz ideal para sus estudios y el progreso de su obra.
Gestionó en esta época la biblioteca del Escorial, y de su prolífica obra, cabe destacar los nueve tomos de Antigüedades judías, el Libro de la generación de Adán (1593), en cuya segunda parte: Naturae Historia, innovó la biología, una Retórica, 71 Odas y la traducción al latín del itinerario del viajero medieval hispano-hebreo Benjamín de Tudela.
Dos veces procesado por la Inquisición, salió indemne de ambos, contando en el último con la defensa del padre Mariana y el aprecio y apoyo del monarca. Luego de su muerte, ocurrida en Sevilla en 1598, Pedro de Valencia defendió la memoria del maestro de las impugnaciones de heterodoxia promovidas contra él, que llevaron al jesuita Juan de Pineda a prohibir en el Index de 1607 la totalidad de su obra.
Un crucificado, atribuido al círculo de Giralte, preside el ara y la nave mayor. En el brazo izquierdo del crucero, se aprecia el vacío dejado por el grupo escultórico funerario de los Perafán de Ribera, en el que destacaban los sepulcros de estilo plateresco de don Pedro Enríquez y D ª Catalina de Ribera, esculpidos en el taller genovés de Antonio María Aprile de Carona, trasladados todos al lugar de su ubicación original, el monasterio de Santa María de las Cuevas de la isla de la Cartuja.
En el comienzo de la nave, adosados al muro, figuran los catafalcos, de escasa fortuna artística*, de D. Jerónimo Girón de Motezuma y Ahumada y Salcedo, marqués de las Amarillas, de D. Antonio Desmaisieres Flores Rasoir y Peón y D ª Manuela Fernández de Santillán, marqueses de la Motilla; y frente a éstos, del mismo estilo neoclásico, el de D. Luis José Sartorius y Tapia, conde de San Luis.
Nacido en el seno de una humilde familia (su abuelo paterno, que emigró a Cádiz a fines del siglo XVIII, era de origen polaco-lituano), destacó muy joven como periodista. Con el apoyo de Bravo Murillo, fundó El Heraldo, órgano portavoz del Partido Conservador, desde cuyas páginas combatió el gobierno progresista de Espartero. Latinizó don Luis el apellido paterno, Schneider, en Sartorius, que prefirió a su equivalente hispano Sastre. Y a la sombra de Narváez fue dos veces ministro en gobiernos de Isabel II, que lo nombró conde de San Luis. Destaca de su labor gubernamental la reglamentación de la propiedad literaria y la regulación de los derechos de autor. Su último destino fue el de embajador en Roma.
En el segundo tramo de la nave, se encuentran las lápidas conmemorativas de Alberto Lista y Aragón y Félix Reinoso y Gómez, eclesiásticos e ilustrados, animadores de tertulias impares y miembros con Blanco White y Manuel María Arjona, de la Academia Sevillana de las Letras Humanas.
* José Gestoso
Profesor de matemáticas avanzadas, Alberto Lista fue un influyente poeta y hombre de letras, que sentó magisterio en Espronceda, Ventura de la Vega y en el joven Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo primer poema relevante fue un epitafio conmemorativo de su muerte, ocurrida en 1849.
No menos docto y asimismo apreciado poeta fue Félix Reinoso. Al igual que Lista y otras destacadas figuras españolas, la necesidad de promover reformas, y el difícil cruce entre la decadencia de la monarquía de Carlos IV y la ambición napoleónica, le llevó a sufrir el exilio. En Francia, en 1816, escribió Reinoso el esclarecedor Examen de los delitos de infidelidad a la patria imputados a los españoles bajo la dominación francesa.
Una pequeña placa conmemora al humanista Rodrigo Caro (1573-1647), utrerano insigne, cuyos restos fueron traídos desde el derruido convento de San Miguel. Suyos son los conocidos versos de la Canción a las ruinas de Itálica:
Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora,
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa. (...)
No quedó en la poesía el quehacer de Rodrigo Caro. Abogado, esforzado epigrafista y arqueólogo, recorrió las tierras del antiguo reino de Sevilla a lomos de mula, cargadas las alforjas con libros y material de escritura con el que anotar las inscripciones y restos que iba encontrando y reunió, finalmente, en Antigüedades de Sevilla y corografía de su convento jurídico (1634).
De mayores dimensiones y tosca obra es el nicho de D. Federico Sánchez Bedoya, alcalde que fue de Sevilla en época de grandes transformaciones urbanas, y su esposa, la condesa de Lebrija.
En el muro diestro de la nave figuran las lápidas de personalidades señeras de la cultura y la vida política sevillana del XIX y comienzos del XX:
La del historiador y erudito José Gestoso (1852-1917), autor de Sevilla monumental y artística.
De Antonio Martín Villa, entre cuyas actividades contaron la jurisprudencia, ciencias naturales, literatura y las bellas artes.
De Luis Montoto y Rautenstrauch, poeta, novelista y folclorista, nombrado cronista oficial de Sevilla.
De José Amador de los Ríos, escritor e historiador, autor de la Historia político, social y religiosa de los judíos de España y Portugal (1875-76), El arte bizantino en España, Historia crítica de la literatura española (1861-1865), y apreciados trabajos relativos a la historia hispanoárabe.
De Francisco Mateos Gago, catedrático de Teología de la Universidad de Sevilla y fundador de la Academia Sevillana de Estudios Arqueológicos.
De Antonio Lecha-Marzo, médico e investigador, que fue catedrático en Sevilla y Granada de Hematología y Síntomas mortales, y autor de tratados de Autopsias y embalsamamiento, Toxicología y Antropología criminal y psiquiatría.
De Jorge Díez, catedrático de filosofía en la Universidad de Sevilla en la segunda mitad del XIX.
Del rector Mota Salado, figura controvertida por su adhesión al alzamiento contra el gobierno legítimo de la República en 1936.
De José María Izquierdo, poeta, ensayista, profesor, periodista, promotor de la Cabalgata de los Reyes Magos e intelectual de fuste, que desde la tribuna conferenciante del Ateneo, puso al público sevillano interesado en contacto con las últimas corrientes del pensamiento occidental, y rindió culto y sensible homenaje a Sevilla en su obra Divagando por la ciudad de la gracia.
De Cecilia Bölh de Faber, Fernán Caballero (1796-1879), la última de las personalidades incorporadas al Panteón.
Hija del hispanista alemán Juan Nicolás Bölh de Faber, nació Cecilia en Suiza, se educó en Cádiz y Hamburgo y vivió en Sevilla la mayor parte de su vida. Fue autora de novelas y relatos de corte realista y naturalista, en los que gustaba de resaltar los valores de la vida campesina. Varias veces enviudada, recibió la protección de los duques de Montpensier y de la reina Isabel II, que le cedió de por vida una estancia en el Alcázar, perdida con la Revolución del 68 y recuperada con la Restauración.
Resta finalmente referirse a quien, en compañía de su hermano Valeriano, que le inmortalizó en el retrato juvenil de todos conocido, es la estrella popular de la cripta, quien atrae el mayor número de visitantes al Panteón de los Sevillanos Ilustres: Gustavo Adolfo Bécquer.
Apellidado realmente Domínguez Bastida, el futuro autor de Rimas, Leyendas y Cartas desde mi celda, vivióuna infancia difícil por la temprana muerte del padre, el reconocido pintor José Domínguez Insausti, que firmaba sus obras como José Bécquer, en homenaje a sus antepasados de origen flamenco, asentados en Sevilla desde el siglo XVI, tradición que continuaría su primo Joaquín, pintor y conservador de los Reales Alcázares, y sus hijos Gustavo Adolfo y Valeriano. Sacó provecho Gustavo Adolfo de la protección de su madrina, doña Manuela Monahay, iniciándose en la selecta biblioteca que poseía con su marido, perfumista francés con negocio en la ciudad, en el conocimiento de la literatura y el arte.
A los dieciocho años, lleno de ímpetu y sueños literarios, arriesgó sumarse a la diáspora cultural sevillana y fue a probar fortuna en la capital del Estado, donde sufrió necesidades sin cuento, graves problemas de salud y, al igual que su hermano Valeriano, tuvo una insatisfactoria vida sentimental.
Participó en la creación de zarzuelas y comedias, y al tiempo que avanzaba en la creación de las Rimas, trabajó como censor de novelas, se aburrió y hastió con los avatares de la política y tuvo una activa participación en la prensa, culminada con las Cartas desde mi celda, que enviaba al periódico El Contemporáneo desde su retiro en el monasterio de Veruela, al pie del Moncayo, experiencia generadora también de algunas de las Leyendas.
Tras una breve vida llena de sinsabores y fracasos, en fatal coincidencia, los dos hermanos murieron en Madrid en el transcurso del año 1870. “Todo mortal”, fueron las últimas palabras que Gustavo Adolfo dirigió a sus amigos en el lecho de muerte.
Reclamados los restos de ambos por las autoridades sevillanas, fueron traídos en 1912 e incorporados al Panteón de los Sevillanos Ilustres.
Sobre las lápidas de los Bécquer, se alza la figura de un ángel, portador de escudo con leyenda y del libro de las Rimas, apoyados los pies en un pedestal adornado con volutas, en cuyos pétreos rincones gustan de dejar los visitantes papelitos plegados con poemas, envíos, pensamientos, Rimas favoritas y algún que otro dislate, homenajeando así al poeta cenital del XIX español y su obra, siempre actual, como demuestra la estrofa primera de la Rima LXXV:
¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?




